El futuro de la operación de la ONU en Haití

El término de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas , no solo resulta oportuno sino necesario y debe obligar a Haití a pasar a una nueva etapa.

EL PRÓXIMO 15 de abril concluyen formalmente las operaciones de las fuerzas chilenas en Haití, como lo reiteró la Presidenta de la República el lunes pasado durante la visita a ese país para despedirse oficialmente de los efectivos desplegados en esa nación caribeña. “Hemos comunicado nuestra decisión de realizar una reducción responsable y cooperativa de nuestra fuerza militar”, señaló tras su reunión con el recién asumido mandatario de ese país Jovenel Moise.

La retirada chilena se da en medio del debate por la continuidad de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah). En su último informe el nuevo secretario general del organismo planteó el cierre definitivo de la Minustah el 15 de octubre de este año tras 13 años de funcionamiento, lo que debe ser revisado en abril por el Consejo de Seguridad del organismo.

Considerar el fin de la Minustah en los términos que ha operado hasta ahora no solo parece oportuno sino necesario.

La misión nació a mediados de 2004, tras los violentos acontecimientos de febrero de ese año que terminaron con cientos de muertos y la caída del entonces presidente Jean Bertrand Aristide y su objetivo, tras la pacificación inicial del país, fue darle, entre otras cosas, estabilidad institucional y política a Haití, reforzando sus organismos administrativos y de seguridad. Para ello se trabajó en el reforzamiento de la policía nacional –labor en que Chile cumplió un rol relevante- y en el seguimiento del proceso político electoral. Tras más de una década de trabajo parte de esos objetivos se han alcanzado y si bien aún existen falencias tanto en el plano político como en la consolidación del cuerpo de policía, negar avances sería injusto.

El proceso, sin embargo, ha sido más lento de lo que algunos estimaban inicialmente. No solo falta mucho por avanzar en la consolidación de un sistema político sólido y una verdadera división de poderes sino que además el país aún sufre severas carencias. La inseguridad alimenticia afecta a casi el 40% de la población, bandas delictuales aún siguen operando y la policía solo está presente en 261 de las 570 subcomunas del país.

A ello se suma que casi el 60% de la población aún carece de agua potable y un tercio no tiene servicios sanitarios adecuados. Una situación agravada por una década marcada, además, por un terremoto, los efectos devastadores del huracán Matthew y las consecuencias del cólera –introducido al país por las propias fuerzas de la ONU, como reconoció el ex secretario general de la ONU-, y que aún no puede ser erradicado.

Lo anterior da cuenta que los objetivos de estabilización están lejos de haberse alcanzado. Como reconoció el propio secretario general de la ONU “los riesgos de inestabilidad” en el país “son de larga data y causados por una combinación de cultura política de suma cero y una desconfianza profundamente arraigadas”, junto a “condiciones socioeconómicas pobres e instituciones débiles”. Pero ello no puede ser excusa para que el país siga dependiendo permanentemente de la ayuda internacional, porque eso terminará conspirando contras las capacidades de los propios haitianos.

Por lo tanto, al margen de la asistencia técnica que debe ofrecer todo organismo internacional a sus países miembros es necesario que en esta nueva etapa sea Haití quien asuma plenamente las responsabilidades de las transformaciones pendientes que requiere el país.

 

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