Invertir es usar una cantidad determinada de una cosa en una actividad y hay muchos tipos de inversiones que realizamos a lo largo de la vida, como por ejemplo en nuestra relación con Dios.

Recuerdo hace muchos años, una entidad financiera ofreció un buen porcentaje de interés a sus clientes por sus ahorros, y mucha gente optó por cambiarse de banco para ser beneficiada. Pero resultó ser una estafa, porque los dueños se fugaron con todo el dinero y la gente afectada que confió su patrimonio creyendo que obtendrían jugosas ganancias terminó perdiendo todo su capital.

Lamentablemente este tipo de estafa no sólo  sucede en lo material, pues hay quienes dan de su tiempo y atención a algo que al final resultará sólo perjudicial y terminan perdidos.

Si examinamos también nuestra vida espiritual, podemos notar que muchas veces tampoco hacemos una buena inversión, descuidamos nuestra comunión con el Señor y a veces exigimos resultados positivos y si no los obtenemos, nos enojamos con Dios. ¿Cómo podemos exigir algo en lo cual no nos esforzamos?

El Señor nos insta a que invertir en Él: “Así que te aconsejo que de mí compres oro —un oro purificado por fuego— y entonces serás rico. Compra también ropas blancas de mí, así no tendrás vergüenza por tu desnudez, y compra ungüento para tus ojos, para que así puedas ver.” Apocalipsis 3:18 (NTV).

En sí, nuestra vida es el resultado de la inversión que realizamos, por eso no dejes de dedicarte a tu relación con Dios porque mientras más tiempo y atención le des te edificarás y tendrás ganancia segura.